‘El ring de la estación’: la historia de un club de boxeo oculto entre trenes en Argentina

Los guantes de boxeo y el cabezal lo cubren por completo, pero arriba del ring es lo que menos le importa. A pesar de sus diez años, Dylan Arevalo conoce bien el dolor de un puñetazo limpio en la cara. Dormir en las calles del barrio porteño de Constitución le enseñaron dos cosas: a recibir golpes sin lagrimear y a silenciar el miedo para pegar con la zurda.

Ahora, un sábado de julio en el cuadrilátero del Club Constitución, la mirada se le endurece y sube los guantes a la altura de sus ojos. El entrenador, Martín Lares, lo llama con un silbido desde afuera: “Acordate, es un entrenamiento, así que tranquilo. Tomalo como un juego”. Dylan lo ignora. Él puede jugar a la pelota, a las escondidas, pero en el ring no da lugar a la diversión; es él o el otro. Solo espera el sonido de la campana para demostrarlo.

En la otra esquina, Eduardo Lares, 11 años, hijo de Martín, repiquetea de un lado a otro con una combinación de puños al aire. Cross derecho, izquierdo, gancho derecho; cross izquierdo, derecho, gancho izquierdo. Sin embargo, su especialidad no es el ataque. En las 30 peleas que disputó en diferentes encuentros infantiles ─las cuales no tienen un fallo a favor o en contra─, se diferenció por esquivar los golpes y dejar en ridículo a sus rivales. Lo mismo hace en el colegio: cada vez que los más grandes lo acorralan para molestarlo, él sonríe y escapa por espacios impensados, como un mago que desaparece en pleno acto.

Los dos contrincantes se estudian entre sí, aunque no es la primera vez que se cruzan en una práctica de guanteo. Ambos son los alumnos con más condiciones del club y, por el momento, casi los únicos. De un lado, la explosión incontenida de furia; del otro la defensa conservadora como mejor arma. El frío de la tarde se mezcla con el murmullo lejano de un ferrocarril, la pandemia del coronavirus está en auge en la ciudad de Buenos Aires y Martín Lares, creador de una escuela de boxeo en una estación de trenes, hace sonar la campana.

Púgiles contra las cuerdas

La noticia llegó en forma de orden el jueves 19 de marzo: “Desde el viernes, nadie puede moverse de su residencia. Todos tienen que quedarse en su casa”, decretó el presidente argentino, Alberto Fernández, en cadena nacional.

Martín Lares escuchó el anuncio, mientras barría el piso del cuadrilátero, una tarima de madera rústica y lados perfectos que una empresa constructora desechó por Constitución, barrio donde vive con su familia. El primer aislamiento social y obligatorio en el país, tras la propagación del coronavirus, era un hecho. El Club Constitución, gimnasio de boxeo que Martín fundó en 2017 para sacar a los niños de la calle, debía cerrar; así como también el resto de todos los clubes.

“Me deprimí, tenía a diez chicos entrenando. La mayoría llegaba sin haber almorzado, pero ahí nomás me ponía a cocinarles algo. ¿Qué aprendes con la panza vacía?”, se pregunta el entrenador de 42 años, en diálogo con RT.

Lares habla desde una silla sentado en uno de los dos rings que él mismo construyó con materiales desechables. En la pared reza una frase: “Dos horas en el gimnasio, son dos horas menos en la calle”. La puerta de madera roja que da acceso al club es la misma que para entrar a su casa. A su vez, es el ingreso a cuatro plataformas de una terminal de trenes en completo abandono.

Su hogar, como el de otras 30 familias, está en un predio ferroviario oculto de la Estación Constitución, terminal en donde circulaban unas 500.000 personas por día antes de la pandemia. En ese espacio custodiado por la empresa nacional de trenes, se conformó una comunidad de vecinos atravesada por dos fuertes tradiciones: los ferrocarriles y el boxeo.

A mediado de los años ’90, la exempresa estatal Ferrobaires ─compañía que gestionó diferentes ramales de trenes hasta su cierre en 2017─ tenía 20 pequeñas oficinas desocupadas en la terminal de Constitución y operarios mal pagos. Los directivos, como es usual, tuvieron una idea conveniente: habilitar aquellos espacios libres para que algunos trabajadores viviesen allí mismo.

El gesto, en cambio, fue más corporativo que solidario: quedarse en esas diminutas habitaciones para los empleados significaba, prácticamente, dormir en el trabajo. Algunos despertaban por la mañana y comenzaban su jornada en las mismas instalaciones. Otros tomaban el tren hasta estaciones de la provincia de Buenos Aires, pero la modalidad era similar: de casa al tren, del tren a casa.

Sin embargo, con el paso del tiempo, los empleados fueron abandonando el establecimiento. Las razones eran varias: traslados hacia estaciones de otras localidades, despidos o, simplemente, falta de espacio. Los cuartos libres, poco a poco, fueron quedando en personas ajenas a la empresa. Las familias comenzaron a formarse y el lugar se pobló de niños correteando entre vías y andenes.

Las entrañas de la estación también esconden una historia: en el subsuelo, funcionó hasta 2015 un legendario gimnasio de boxeo. Peleadores de diferentes localidades viajaban horas en tren hasta Constitución para sumergirse en una pecera humana de transpiración y sueños de campeones. Martín Lares es el último empleado ferroviario que aún permanece en el lugar y uno de los pocos que combatió en el antiguo cuadrilátero subterráneo. Su objetivo es recuperar la mística pugilística que hizo famoso al complejo, aunque esta vez intentara hacerlo desde la superficie.

Entre puños y rieles

Los cuatro andenes del antiguo sector son una postal sórdida: hay fierros desperdigados por el piso, tuercas del tamaño de una caja de herramientas y motores diésel en desuso. Siete niños persiguen una pelota de fútbol entre las ruinas de la estación. Se divierten como si estuviesen en una plaza. Es un miércoles de julio y la parsimonia en el predio es total.

El ingreso al sitio está custodiado por vigilantes. Solo permiten entrar a las familias que viven allí y a los funcionarios de Trenes Argentinos Operaciones, la firma nacional que hoy dirige todos los servicios de Buenos Aires. Sin embargo, algunos chicos que viven en la calle suelen escabullirse a jugar entre los rieles y vagones, aunque también lo hacen con otro anhelo: boxear.

Dylan Arevalo tiene10 años y es uno de los alumnos más prolíferos del Club Constitución. Su zurda, cuentan los que lo vieron en el cuadrilátero, es prodigiosa. Está en situación de calle junto a su familia, que vive en frente de la estación. “Boxeo para defender a a los míos de todo lo malo de la calle”, cuenta el niño pugilista.

Eso mismo lo demostró una mañana del mes de mayo. Un joven se apareció y amenazó con una navaja a Margarita, su mamá, mientras ambos colgaban ropa húmeda entre las rejas de una plazoleta. Dylan vio la cuchilla apuntando a la garganta de su madre y al atacante con la guardia baja. No dudó: se inclinó de rodillas y desarmó al extraño con un gancho izquierdo directo al hígado.

“Yo les enseño a defenderse, no a lastimar”, retoma Lares. El boxeo, según el entrenador, no se trata de moler a golpes al otro, sino de ganar una pelea con inteligencia. “Saber mover los pies y los ojos es saber pegar”, dice. Asimismo, también admite una realidad que hoy atraviesa a muchos menores de la ciudad: “La calle es un ring aparte”. “Dylan tiene mucho futuro en este deporte, pero la violencia que lo rodea es mucha”, agrega.

Con la llegada de la pandemia en marzo, Dylan no volvió a entrenar. Pasaba sus días deambulando por la calle y el predio, golpeando la puerta del gimnasio casi todos los días con la esperanza de retomar sus prácticas. Hasta que un día el entrenador le abrió.

“Lo hacía pasar a él solo para guantear un rato con mi hijo, como un juego. Le hace muy bien estar acá”, explica Lares. Otros niños del predio también comenzaron a sumarse a encuentros individuales con Eduardo, hijo de Martín. “Esto es una comunidad cerrada, nos conocemos entre todos los vecinos”, agrega.

El objetivo de su club es construir habitaciones en frente de los dos rings para que los alumnos que no tenga un hogar puedan quedarse a dormir, mientras se forman profesionalmente. Eso mismo hicieron con Martín los empleados ferroviarios cuando llegó a Constitución hace más de 20 años sin dinero, ni casa: “Me dieron una cama en el gimnasio del subsuelo. Si no era por el boxeo, hoy dormiría en la calle”, confiesa.

El rol de los clubes deportivos durante la pandemia

La llegada del coronavirus al país sudamericano visibilizó el rol social y preponderante que los clubes deportivos cumplen en los diferentes barrios. Desde el comienzo de la pandemia, diferentes entidades ─tanto pequeñas como grades─, se pusieron a trabajar de manera ardua para enfrentar los estragos de la emergencia sanitaria.

Equipos de fútbol de primera división, como el Club Atlético San Lorenzo de Almagro, prestaron sus instalaciones para el acondicionamiento de camas hospitalarias y la realización de testeos en casos sospechosos por covid-19. Asimismo, funciona como un refugio para las mujeres que sufren violencia doméstica durante el aislamiento obligatorio.

Rodrigo Daskal, sociólogo e investigador del Centro de Estudios del Deporte (CED)

Rodrigo Daskal, sociólogo e investigador del Centro de Estudios del Deporte (CED)

En los momentos más alarmantes del país, los clubes barriales siempre cumplieron una función social en reemplazo del Estado

Los clubes más pequeños de otras disciplinas, que apenas cuentan con un espacio mínimo, también abrieron sus puertas. Muchos ofrecen ollas populares de comida para personas en situación de calle y recolección de donaciones entre vecinos del barrio.

Estas acciones solidarias, según el sociólogo e investigador del Centro de Estudios del Deporte (CED), Rodrigo Daskal, son una tradición en la historia argentina. “En los momentos más alarmantes del país, los clubes barriales siempre cumplieron una función social en reemplazo del Estado”, asegura el especialista.

El rol comunitario de las entidades encuentra su reconocimiento en la Ley de Clubes de barrio y de Pueblo, sancionada en 2014. La norma establece ayudas económicas dadas por la Secretaria de Deportes con el objetivo de fortalecer la inclusión social. Sin embargo, su reglamentación aún no fue impulsada, lo que hace que no pueda cumplirse.

“Deberíamos avanzar para destrabar el uso de la ley. Es necesario que el Estado otorgue tarifas públicas diferenciales, tanto para los pequeños clubes que están inscriptos oficialmente, como así también para los informales”, puntualiza Daskal.

Otro detalle que destaca el sociólogo es el desconocimiento del total de entidades barriales que hay en el país. “No hay datos exhaustivos de cuantos existen y sus capacidades”, asegura el experto. Y agrega: “Ese número sería importante para que la sociedad supiese que puede acudir a esos lugares en momentos tan difíciles como los actuales”.

Facundo Lo Duca

Fuente

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*